Demonios | Demonología | Nombres de Demonios

Demonios, Demonología, Satanismo

El Diablo ha descendido hacia vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo (Apoc 12)
(Griego daimon y daimonion, Latín daemonium).

Demonio: Nombre general de los espíritus malignos, ángeles caídos (expulsados del cielo). El jefe de estos ángeles rebeldes es Lucifer o Satanás (Mat 25).

En las Escrituras y en la teología Católica esta palabra ha llegado a significar casi lo mismo que diablo y denota a uno de los espíritus malignos o ángeles caídos. Y de hecho, en algunos lugares del Nuevo Testamento donde la Vulgata, en acuerdo con el Griego, tiene daemonium, nuestras versiones leen diablo. La distinción precisa entre los dos términos en el uso eclesial puede ser vista en la frase usada en el decreto de el Cuarto Concilio Laterano: "Diabolus enim et alii daemones" (El diablo y los otros demonios), todos son demonios, y el jefe de los demonios es llamado el diablo. Esta distinción es observada en el Nuevo Testamento de la Vulgata, donde diabolus representa al Griego diabolos, y en casi todas las instancias se refiere a Satán mismo, mientras que sus ángeles subordinados son descritos en concordancia con el Griego, como daemones o daemonia. Sin embargo, esto no debe de ser tomado, para indicar la diferencia de naturaleza; Satán esta claramente incluido entre los daemones, en Santiago 2:19 y en Lucas 11: 15-18.

"Si alguno dice que el diablo no fue primero un ángel bueno hecho por Dios, y que su naturaleza no fue obra de Dios, sino que dice que emergió de las tinieblas y que no tiene autor alguno de sí, sino que él miso es el principio y la sustancia del mal, como dijeron Maniqueo y Prisciliano, sea anatema. (Concilio de Braga, 561; Denzinger 237).

"Creemos que el diablo se hizo malo no por naturaleza, sino por albedrío." (IV Concilio de Letrán, 1215, Denzinger 427).

"La muerte de Cristo y Su resurrección han encadenado al demonio. Todo aquél que es mordido por un perro encadenado, no puede culpar a nadie más sino a sí mismo por haberse acercado a él." -San Agustín.

(Griego: diabolos; Latín: diabolus).

Demonios
El nombre que se da comúnmente a los ángeles caídos, que son también conocidos como demonios. Con el artículo (ho) hace referencia a Lucifer, su jefe, tal y como se menciona en Mateo 25:41, "el diablo y sus ángeles".

Puede decirse de este nombre, como lo dice San Gregorio de la palabra ángel, "nomen est officii, non naturæ" (“el nombre designa el oficio, no la naturaleza”). En su origen griego (de diaballein, "traducir") la palabra significa difamador o acusador, y en este sentido se aplica a aquél de quien está escrito: “al acusador [ho kategoros] de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche ante nuestro Dios”. (Apocalipsis 12:10). Responde también al nombre hebreo de Satanás, que significa adversario o acusador.

Se hace mención del Diablo en muchos pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, pero no se puede encontrar un relato preciso en un lugar determinado, y la enseñanza de las Sagradas Escrituras sobre este tópico, solamente puede lograrse mediante la combinación de varios indicios en ellas diseminados desde el Génesis al Apocalipsis, y realizando la lectura a la luz de la tradición patrística y teológica. La enseñanza autorizada de la Iglesia sobre este tópico, se plasma en los decretos del Cuarto Concilio de Letrán (cap. i, "Firmiter credimus"), en donde, luego de decir que en el principio Dios había creado dos criaturas, la espiritual y la corporal, es decir la angélica y la terrena, y finalmente el hombre, quien fue hecho de ambos espíritu y cuerpo, el concilio continúa:
"Diabolus enim et alii dæmones a Deo quidem naturâ creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali." ("el Diablo y los otros demonios fueron creados por Dios en su naturaleza, pero ellos, por sí mismos se hicieron malvados”).

Aquí se enseña claramente que el Diablo y los otros demonios son criaturas espirituales o angélicas creadas por Dios en un estado de inocencia, y que ellos se volvieron malvados por un acto de su propia voluntad. Se adiciona que el hombre pecó por sugerencia del Diablo y que en la otra vida, los malvados sufrirán el castigo perpetuo con el Diablo.

Tal y como se puede inferir del lenguaje utilizado en la definición Lateranense, el Diablo y los otros demonios, no son sino, una parte de la creación angélica, y que sus poderes naturales no difieren de aquellos ángeles que permanecieron fieles. Como los otros ángeles, ellos son espíritus puros sin cuerpo y en su estado original son provistos de gracia sobrenatural y puestos a prueba. Fue solamente por su caída que se volvieron demonios. Esto fue anterior al pecado de nuestros primeros padres, ya que este pecado está adscrito a la instigación del Diablo: “La envidia del diablo introdujo la muerte en el mundo” (Sabiduría 2:24). Aún así, resulta extraordinario que, para el relato de la caída de los ángeles, tengamos que ir hasta el último libro de la Biblia. Encontraremos que la imagen del pasado se encuentra mezclada con las profecías de lo que será en el futuro:
“Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsado; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.” (Apocalipsis 12, 7-9)

A esto pueden agregarse las palabras de San Judas: “Hizo lo mismo con los ángeles que no conservaron su domicilio, sino que abandonaron el lugar que les correspondía: Dios los encerró en cárceles eternas, en el fondo de las tinieblas, hasta que llegue el gran día del Juicio” (Judas 1, 6; cf. 2 Pedro 2, 4).

En el Antiguo Testamento tenemos una breve referencia a la Caída en Job 4, 18: “Él, que descubre fallas en sus mismos ángeles”. Pero, a esto deben agregársele los dos textos clásicos de los profetas:
“¿Cómo caíste desde el cielo, estrella brillante, hijo de la Aurora? ¿Cómo tú, el vencedor de las naciones, has sido derribado por tierra? En tu corazón decías: «Subiré hasta el cielo y levantaré mi trono encima de las estrellas de Dios, me sentaré en la montaña donde se reúnen los dioses, allá donde el Norte se termina; subiré a la cumbre de las nubes, seré igual al Altísimo.» Mas, ¡ay!, has caído en las honduras del abismo, en el lugar adonde van los muertos.” (Isaías 14,12-15)

Esta parábola del profeta está expresamente dirigida contra el Rey de Babilonia, pero tanto los Padres como comentaristas católicos posteriores, concuerdan en entenderlo aplicable, con un significado más profundo, a la caída del ángel rebelde. Y los comentaristas más tardíos, generalmente consideran que esta interpretación es confirmada por las palabras de Nuestro Señor a sus discípulos: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.” (Lucas 10:18); ya que estas palabras son tenidas como una reprensión a los discípulos, a quienes así se les advirtió sobre el peligro de la soberbia mediante el recordatorio de la caída de Lucifer.

El pasaje profético paralelo es la lamentación de Ezequiel sobre el Rey de Tiro:
“Tú eras la obra maestra, lleno de sabiduría, y de una belleza perfecta. Vivías en el Edén, en el jardín de Dios, sobre ti sólo había piedras preciosas: cornalina, topacio y diamante, crisólito, ónix y jaspe, zafiro, malaquita, esmeralda, con aros, pendientes labradas en oro, desde el día en que fuiste creado. Te puse de guardia, como un Querub, en la montaña santa de Dios: permanecías allí yendo y viniendo entre las piedras de fuego. Desde el día en que fuiste creado, tu conducta había sido perfecta, hasta el día en que el mal se anidó en ti” (Ezequiel 28,12-15). Hay mucho en el contexto que solamente se puede entender de forma literal concerniente a un rey terrenal por quien estas palabras son manifiestamente dichas, pero está claro que, en cualquier caso, el rey es comparado con un angel en el Paraíso, quien se arruinó por su propia iniquidad.

El lenguaje de los profetas (Isaías 14; Ezequiel 28) parecería mostrar que Lucifer tenía un rango muy alto en la jerarquía divina. Y, en consecuencia, encontramos muchos teólogos que mantienen que antes de su caída él era el más grande de todos los ángeles. Suárez está dispuesto a admitir que él era el más grande negativamente, es decir que nadie era más grande, pero que muchos pueden haber sido su iguales. Ya que leemos “el Diablo y sus ángeles” (Mateo 25,41), “el dragón y sus ángeles” (Apocalipsis 12,7), “Belcebú, el príncipe de los demonios” —que, independientemente de ser la interpretación del nombre, claramente se refiere a Satanás, como se ve en el contexto: “Si Satanás también está dividido, ¿podrá mantenerse su reino? Pues bien, ustedes dicen que yo echo a los demonios con el poder de Belcebú” (Lucas 11,15-18), “al soberano que reina entre cielo y tierra” (Efesios 2,2). A primera vista puede parecer extraño que debiera haber cualquier orden o subordinación entre aquellos espíritus rebeldes, y que aquellos que se elevaron contra su Hacedor debieran obedecer a uno de sus propios compañeros que los habían conducido a la destrucción. Y la analogía de movimientos similares entre hombres podría sugerir que la rebelión probablemente resultara en anarquía y división. Pero se debe recordar que la caída de los ángeles no perjudicó sus poderes naturales, que Lucifer todavía retenía los dones que le permitieron influir en sus hermanos antes de su caída, y que su inteligencia superior les mostraría que ellos podrían alcanzar un mayor éxito y dañar más a otros, mediante la unidad y la organización, que mediante la independencia y la división.

Además de ejercer la autoridad sobre aquellos a quienes llamaron “sus ángeles”, Satán ha ampliado su Imperio sobre las mentes de los hombres malvados. Así, en el pasaje recién citado de San Pablo, leemos: “Ustedes estaban muertos a causa de sus faltas y sus pecados. Con ellos seguían la corriente de este mundo y al soberano que reina entre el cielo y la tierra, el espíritu que ahora está actuando en los corazones rebeldes” (Efesios 2,1-2). Del mismo modo Cristo en el Evangelio lo llama "el príncipe de este mundo". Ya que cuando Sus enemigos vienen para tomarlo, Él mira más allá de los instrumentos de mal, al maestro que los mueve, y dice: “Ya no hablaré mucho más con ustedes, pues se está acercando el príncipe de este mundo. En mí no encontrará nada suyo” (Juan 14,30).

La soberanía en la cual estos textos están principalmente interesados, es sólo aquella del grosero derecho a la conquista y el poder de la influencia maligna. Su oscilación comenzó con su victoria sobre nuestros primeros padres, a quienes, habiendo cedido a sus sugerencias, trajeron bajo su esclavitud. Todos los pecadores que hacen su voluntad se harán desde ahora sus criados. Puesto que, como dice San Gregorio, él es la cabeza de todo los malos —“Seguramente el Diablo es la cabeza de todos los malos; y de esta cabeza todos los malos son miembros”— (Certe iniquorum omnium caput diabolus est; et hujus capitis membra sunt omnes iniqui. Hom. 16, en Evangel.). Este liderazgo sobre el malvado, como Santo Thomas procura explicar, se diferencia extensamente del liderazgo de Cristo sobre la Iglesia, en vista de que Satanás es sólo la cabeza por el gobierno externo y no también, como lo es Cristo, por la influencia interna, vivificante. (Summa III: 8:7).

Con la maldad creciente del mundo y la extensión del paganismo, religiones falsas y ritos mágicos, el reinado de Satanás fue ampliado y se reforzó antes de que su poder fuese quebrantado por la victoria de Cristo, que por esta razón dijo, en vísperas de Su Pasión: Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera, (Juan 12,31). Por la victoria de la Cruz, Cristo libró a los hombres de la esclavitud de Satanás y al mismo tiempo pagó la deuda debida a la justicia Divina, derramando Su sangre en expiación por nuestros pecados.

Acerca de los demonios

Demonio
Los demonios residen en el infierno y no gozan de los beneficios de la redención de Cristo. Los demonios, sin embargo, no perdieron su capacidad racional, sino que la utilizan para el mal. Dios les permite ejercitar influencia limitada en las criaturas y las cosas. El demonio no es una fábula como algunos, para su desgracia, piensan. Su existencia real ha sido siempre enseñada por la Iglesia en su magisterio ordinario. Desmentir la existencia del demonio es negar la revelación divina que nos advierte sobre nuestro enemigo y sus tácticas. Jesucristo vino para vencer al demonio y liberarnos de su dominio que se extendía por todo el mundo sin que pudiésemos por nuestra cuenta salvarnos. Jesucristo vence al demonio definitivamente en la Cruz. La actividad del demonio en la tierra sin embargo continuará hasta el fin de los tiempos. La parusía manifestará plenamente la victoria del Señor con el establecimiento de su Reino y el absoluto sometimiento de todos sus enemigos. Mientras tanto Dios permite que vivamos en batalla espiritual en la cual se revela la disposición de los corazones y nos da oportunidad de glorificar a Dios siendo fieles en las pruebas. Ahora debemos decidir a que reino vamos a pertenecer, al de Cristo o al de Satanás. Si perseveramos fieles a Jesús a través de las pruebas y sufrimientos, el demonio no podrá atraparnos. Tenemos en la Iglesia todos los medios para alcanzar la gracia ganada por Jesucristo en la Cruz. Dios es todopoderoso y, si estamos en comunión con El, no debemos temer al enemigo. Mas bien debemos temer el separarnos de Dios pues sin su gracia estaríamos perdidos. Todos los santos lucharon con valentía contra el demonio pues los sostenía la fe. Sus vidas son modelos que nos demuestran como vivir en el poder de Jesucristo la vida nueva.

¿Creó Dios a los demonios?

Dios no creó demonios sino ángeles, espíritus puros, dotados con gracia santificante, muy hermosos y capaces de bondad. Dios dotó a todos los ángeles con libertad para escoger el bien y el mal. Lucifer y sus seguidores, por orgullo, pecaron, quisieron separarse de Dios y se llenaron de maldad. Es así que se les negó la visión beatífica.

¿De dónde vino esta maldad? La maldad es causada por una opción libre de separarse de Dios. Es una carencia, una ruina. Por ejemplo, cuando un carro choca se queda dañado. El daño no es una creación sino la ruina del carro. Los demonios fueron creados como los demás ángeles. Se transformaron en demonios por su pecado. Se pervirtieron sus poderes angelicales los cuales usan para el mal. Dios sabía que algunos ángeles se rebelarían pero los creó porque Dios toma la libertad en serio, hasta sus últimas consecuencias. Pero igualmente el bien tiene y tendrá consecuencias. Si solamente pudiésemos hacer el bien no seríamos libres y no tendría mérito.

Recurrimos también a los sacramentales. Entre ellos agua, aceite y sal exorcizadas. Estos se utilizan en los exorcismos según las fórmulas del Ritual Romano.

¿Si rezamos por nuestros enemigos, debemos también rezar por el demonio?

No. Por el demonio no rezamos. La razón de rezar por nuestros enemigos es para que se conviertan. Los seres humanos en esta tierra hacen el mal pero sus actos están limitados por sus pasiones y sus límites de entendimiento. Están todavía en tiempo de prueba y podrían convertirse. Le tocará a Dios juzgarlos. Pero el demonio si sabe plenamente lo que hace porque tiene un entendimiento pleno de sus actos sin las pasiones que ciegan a los hombres. Los demonios han decido por el mal irreversiblemente, ya han sido juzgados y condenados por Dios para siempre. En los corazones de Jesús y María!

¿Perdonará Dios a los demonios?

Una pregunta que me he hecho en varias oportunidades, y que de hecho en alguna ocasión le hice a mi director espiritual, pero que aún no he podido obtener una respuesta sólida es la siguiente: Si la misericordia de Dios es infinita, ¿cabría la posibilidad que Dios perdonara a aquél Luzbel que alguna vez se rebeló contrato su poder y que fue derrotado y expulsado del Reino divino por San Miguel Arcángel? Si es cierto que los ángeles, por ser superiores a los hombres, sólo tuvieron una oportunidad para manifestar su fidelidad al Señor Todopoderoso, quiere ello decir entonces que su misericordia se predica solo hacia los hombres y no hacia todos sus hijos, incluyendo dentro de este rango a los ángeles, arcángeles y serafines?

Respuesta:

Los ángeles tienen un intelecto muchísimo superior al nuestro. Sus decisiones son irrevocables porque son hechas sabiendo muy bien lo que hacen y sus consecuencias. Los demonios no desean perdón. Ellos odian a Dios y a los hombres y no tienen ningún arrepentimiento. El odio los consume. Es un estado permanente de su voluntad malévola. Por eso no pueden ser perdonados. No es que a Dios le falte misericordia sino que los demonios no quieren a Dios y por ende, tampoco quieren Su perdón.

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